Manel Barriere Figueroa | No pretendo escribir, a estas alturas, una reseña de la novela de Margaret Atwood que ya mucha gente conoce, aunque solo sea por su serie de televisión. Pero hay una escena en el libro que me llamó especialmente la atención. Cuando la vil república de Gilead está empezando a formarse, las mujeres son apartadas del mundo del trabajo y sus cuentas confiscadas. El marido de la protagonista, para tranquilizarla y mitigar su angustia, le asegura que él va a ocuparse de todo, que no la va a dejar sola. Cuando tiempo después, convertida en la criada Defred, nos relata su historia, recuerda cómo se dio cuenta de que su marido no se sentía especialmente incómodo con la nueva situación. Solo ella vivió con intensidad la brutalidad de una medida que la arrancaba de su vida pasada para catapultarla a una vida de opresión y servidumbre.

No es un mal tipo, el marido, ni especialmente machista. Solo es un hombre educado según los parámetros de una sociedad patriarcal. Para reflexionar sobre la cuestión pocos libros de ficción llegan tan lejos como el Cuento de la criada. El patriarcado, pero no solo eso. La dificultad de todo ser humano para sentir empatía por el sufrimiento ajeno, por los sentimientos y emociones más profundos que ese sufrimiento provoca, es un lastre que arrastramos siempre, mientras intentamos mantenernos en pie ante un sistema que enviste cuando menos te lo esperas.

Recuerdo mi viaje a Palestina. Recuerdo lo atrayente de un mundo en apariencia sencillo y a la vez exótico, con esos enormes locales para fumar narguile y beber te, repletos de hombres socializando entre sí, las mujeres ausentes, y recuerdo lo cómodo que me sentía en esos lugares. Hablé con un joven militante del FPLP en Hebrón, y le comenté que me gustaría conocer a alguna mujer palestina, saber qué piensan, como viven ellas el conflicto. A mí también me gustaría, me contestó. En una sociedad conservadora como la de Hebrón, la primera mujer que un hombre conoce mínimamente es la mujer con la que se casa. Hombres y mujeres separados por un abismo que yo no percibía al sentarme a fumar tranquilamente en esos locales de ocio masculino. Tuve una conversación simétrica con una chica cristiana en Ramallah, días después. Había vivido en París y me comentó lo incómoda que se sentía ahora en casa de sus padres. ¿Y por qué no te vas?, le pregunté. En Palestina, una mujer solo se puede ir de casa de su padre para ir a casa de su marido.

La empatía es la capacidad de sentir el dolor ajeno. Podríamos decir sentir lo que sienten otras personas, pero tal vez solo el dolor tenga un sentido político de primer orden. Dolor, aflicción, angustia, ansiedad. Ante un despido, una violación, un naufragio cruzando el mar en patera, una enfermedad que te devora en la lista de espera para un tratamiento o una operación. Pero la empatía por sí sola no empuja a la acción. Hace falta imaginación, para ser capaces de colocarnos a nosotros mismos en el lugar del otro, de la otra. El marido de la criada se conmueve ante los sentimientos de su compañera, pero es incapaz de ponerse en su lugar.

¿Por qué Defred, la criada, nos cuenta su cuento? ¿Por qué, en definitiva, necesitamos contar y contarnos? Porque hay una realidad compleja detrás de todo sentimiento, y porque el dolor necesita ser compartido además de comprendido. John Berger decía que escribir es construir un refugio, pero no un espacio íntimo de introspección sino un lugar común de protección y alivio.

En Hebrón visité la casa de dos hermanos que conocí en un campo de trabajo en Jericó. Las mujeres de la familia, con sus hijabs y sus ropas anchas cubriendo todo el cuerpo, nos saludaron y se refugiaron en la cocina para servirnos un plato de lentejas con arroz. En un momento dado, nos mostraron un álbum de fotografías y allí pude ver las mismas mujeres que no salían del interior de la casa, quince años atrás, en la playa luciendo coloridos trajes de baño. Me pregunté por la causa de ese cambio, aunque no me atreví a verbalizar mi asombro por miedo a ofender a mis anfitriones. Luego me mostraron algo que yo creí relacionado con ese misterio. La pared exterior de la casa estaba llena de agujeros de bala. Los colonos israelís apostados en un montículo frente a la casa disparaban a los vecinos de vez en cuando.

Tal vez tenga que ver ese peligro, esa inseguridad, con la reclusión de las mujeres en el espacio doméstico. Tal vez no, pero la realidad es compleja y por eso necesitamos contar y contarnos. Tal vez de haber leído su cuento, el marido de la criada no hubiera tenido una reacción tan paternalista y se hubieran puesto juntos a construir ese refugio, o lo que es lo mismo, un lugar desde el que resistir.