HERMANO DE LA RABIA I

A la calle, hermano de la rabia,
sumérgete en el hielo y muere azul,
camina hasta la cruz de los anclajes,
deja tu firma en la piedra sin resquicios.

Somos tú y yo, hermano mío del escombro,
los que ascendemos cada tarde a la semblanza,
desiertos de rabia y sucios de amargura,
a sabiendas del seno oscuro que se abre.

Valemos lo que el vuelo rasante del hedor,
enjambres de mosquitos mordiendo las salidas,
pegados los codos a las barras de los bares,
arietes de montañas en cadenas sin fin.

Sin preguntas, ni señales de uñas de cartón,
lamemos las costras de nieve en las pupilas,
con garfios nuestras manos abren rostros,
y se esparcen en las partituras del opio.

Basta ya, hermano y general de los arroyos,
sediento de baúles y basuras, cenagal cerrado,
estúpido manjar de los estúpidos, aire mortal,
mata ya este aullido de notas sin sonidos.

Deja la huella de tu sangre en el encierro,
en los brocales con grava de los pozos.

Alguien, siempre, no lo dudes, estará esperando.

 

(Alberto Vicente)