Carlos Gómez | Cada mañana coincido con el padre de un amigo de mi hija en el colegio al que van juntos. Sé de él, por la relación que tenemos, que trabaja mucho, así que le he preguntado al respecto. Trabaja de 10 de la mañana a 10 de la noche en una nave industrial a 25 kilómetros de su casa, de lunes a sábados, sin fiestas y sin vacaciones pagadas. Cada día que no vaya a trabajar, ya sea por enfermedad o porque necesite un descanso o un día de ocio, simplemente no cobra. Él y todos sus compañeros comparten un mismo rasgo: son migrantes.

Sabemos que el capitalismo hace uso del excedente de la fuerza de trabajo para reducir los salarios. Esto se efectúa bien por la existencia de un ejército industrial de reserva –esto es, paro- bien por la existencia de colectivos sociales que por determinadas razones ideológicas y de poder el valor de su fuerza de trabajo es menor. Así ha ocurrido –y ocurre– con la generalización de la incorporación de la mujer al mercado de trabajo, que por razones de índole material-ideológica –el patriarcado– es utilizada para aumentar el grado de explotación, y así ocurre hoy principalmente con la fuerza de trabajo migrante (no hay que obviar la existencia de otros colectivos discriminados, como el gitano). Estos colectivos no sólo son utilizados en el modo de producción capitalista con efectos de reducción de los salarios, sino que, además, estos colectivos se destinan a los trabajos más arduos y peores pagados, esto es, sobreexplotados. En todo caso, el capitalismo hace uso de estos colectivos para aumentar el grado de explotación sobre el conjunto de la clase trabajadora y, así, incrementar su ganancia. En el caso del coste de la reproducción de la mano de obra migrante, ésta se presenta, además, como menor para el capital, pues en la mayoría de los casos los menores y otros miembros de la familia se quedan en sus países de origen.

Los flujos migratorios no son cosa del presente, aunque las causas que los explican hoy son inéditas, propias de un capitalismo globalizado. Se han sucedido a lo largo de toda la historia de la humanidad desde la aparición misma del Homo Sapiens y desde la existencia de las primeras culturas y sus continuas sucesiones. No puede entenderse la historia de las civilizaciones sin el elemento del movimiento migratorio y sus efectos concretos en una formación social dada. Ahora bien, es preciso ser riguroso con el alcance de su eficacia para no cometer el error en el que cae Julio Anguita en una reciente entrevista, donde señala que “las migraciones acabaron con el Imperio Romano”. Al margen de no compartir la valoración negativa (ni tampoco positiva, si fuera el caso) en el fin del Imperio Romano, sorprende que esta tesis provenga de un historiador que –imagino- se pretende marxista, pues la migración, por sí sola, no crea nada ni explica nada y, por ello, no fue la causa en Roma de su caída, sino que sus efectos operaron sobre un determinado contexto económico, social y político, campo de tendencias sobre el que la migración profundizó. Pero en la historia, como en toda realidad compleja, las causas son múltiples y, más que mecánicas, son sobredeterminadas, asentadas sobre una base material que se identifica con las relaciones de producción: determinación en última instancia (“última” instancia, es decir, no la “única” instancia).

La crisis económica ha abierto la veda del auge de extrema derecha. Cierto que sería un error identificar a esta extrema derecha como “fascismo”, pero no menos error sería decir que nada tiene que ver con él. El fascismo es una forma históricamente determinada de la excepcionalidad del capitalismo, la cual no excluye otras formas en diferentes contextos de crisis en las que las distintas burguesías necesitan asegurar la tasa de ganancia mediante la desarticulación y sobrexplotación de la clase trabajadora. Por su parte, la crisis del marxismo -y de la izquierda en general- desde los años 70 ha provocado la incapacidad de articular una estrategia acorde al capitalismo realmente existente o, lo que es lo mismo, al proletariado realmente existente. Más que adoptar una estrategia propia, asume estratagemas de la extrema derecha, principalmente en relación al proteccionismo y defensa del Estado nación, contra el euro como panacea y, como consecuencia, en cuanto a la migración. Esto sólo puede explicarse por la separación con la lucha de clases y, por lo tanto, con el proletariado realmente existente (dicho sea de paso, sería interesante saber qué tipo de relaciones mantienen con migrantes o colectivos migrantes) y, por ello, más que partir de él para conformar sus condiciones como sujeto histórico consciente enfrentado al problema real del reparto de la riqueza y a la dictadura de un determinado modelo económico, se afirma, junto a los neofascistas y su discurso, que el problema es la migración. La extrema derecha, como es natural, se reivindica xenófobo, mientras que el oportunismo de esta cierta izquierda lo asume y se pliega a una oleada que ve venir en el automatismo fatalista en lugar de construir y alzar un discurso propio que desbanque a la xenofobia. Dos son las consecuencias de esta estrategia: i) no construir en torno al proletariado real y, por lo tanto, no erigir una alternativa realista que, además frene el auge de la extrema derecha; y ii) contribuir a abonar un terreno que no tiene nada que ver con la construcción de un proyecto transformador, sino, todo lo contrario, potenciar sentimientos xenófobos que constituyen la base del fascismo. Todo proyecto realista que se construye desde las clases populares y trabajadoras no puede propiciar la desunión y la confrontación del proletariado realmente existente, sino la solidaridad, la unión y el objetivo común fuente de los males que lo atraviesan, que no es otro sino el capitalismo, la propiedad de la riqueza a través de sus medios de producción y su reparto.

No se trata, pues, aquí de la afirmación del fetichismo de la “diversidad”, del “cosmopolitismo” o del “buenismo”, por citar algunos adjetivos recientemente usados por ese sector xenófobo de la izquierda desde un análisis de corte ideológico que, en algunos casos, aúnan la crítica reformista a la sociedad capitalista a partir de los conceptos ideológicos que ésta misma sociedad produce (libertad, igualdad, Estado de derecho…) y el sociologismo identitario que hipostasia las clases sobre la lucha que las constituye, haciéndoles reivindicar el Estado como máquina neutral y, por lo tanto, reduciendo la estrategia política a su gestión. Nada más lejos de este error de planteamiento voluntarista y humanista, esto es, que no atiende a la “verdad efectiva de la cosa”, de lo que aquí se trata es de asumir que colectivos e individuos como el padre del amigo de nuestra hija es proletariado realmente existente y que, junto a quienes participan de dicha realidad social y no excluyéndoles, hay que construir un bloque en torno a la dirección de la clase trabajadora contra el capitalismo que nos exprime. Se trata, en definitiva, de asumir la lucha de clases tal y como hoy se presenta y, por lo tanto, de construir con la práctica y en lo discursivo en torno a ella haciendo de las potencias del comunismo existentes y latentes un proyecto político global.