Alberto Santamaría | El viejo Alexander Trochi dijo una vez: “Estando todo relacionado, era necesario entender que el cambio vendría por una lucha unitaria o nada”. Quizá Trochi no pueda ser ejemplo de nada, pero la idea está ahí. ¿Desde dónde y cómo dar forma a una lucha unitaria capaz a su vez de generar un espacio de cambio desde lo colectivo? Pronto, quizá nada más abrir los ojos cada mañana, descubrimos que es la nuestra una realidad extrañamente viscosa donde el discurso político y económico nos obliga diariamente al absurdo de buscar soluciones individuales a problemas que son realmente colectivos. ¿Qué sentido tiene? Ninguno, o simplemente el de tratar de deshacer cualquier nudo comunitario. Este empuje hacia el más cool individualismo competitivo se ha extendido como una mancha de aceite que impregna cada movimiento, cada gesto, cada palabra, y, al mismo tiempo, tristemente, cala profundamente en las instituciones públicas de esta y de otras regiones. No hay otra forma para enfrentarse a este juego que tratar de llevar a cabo una descolonización de la vida cotidiana y esta sólo es posible desde un empuje que implique la unidad de quienes en esa vida cotidiana viven lo intolerable. Ahí está la clave: la vida cotidiana está tomada por unas elites que saben manejar los límites de lo tolerable, hacernos así tragar con lo que degrada precisamente eso que poseemos radicalmente, nuestra vida. Una simple mirada al presente basta para entender esta degradación.

Sobre este horizonte de lo intolerable Una comunidad en movimiento trató el pasado domingo, en La Molinera de Valladolid, de generar su propio desvío. Castilla y León es sin duda una comunidad donde seguimos aguantando lo intolerable por encima de nuestras posibilidades. Desde la mina de uranio en Salamanca hasta los conflictos laborales de las multinacionales de la región, pasando por la precariedad, las macrogranjas, los desahucios o la progresiva destrucción de los pueblos, toda esta trama de elementos se fue entretejiendo a lo largo del día. Muchas voces se escucharon el domingo, mucha fuerza se transmitió y, al mismo tiempo, se hizo visible la necesidad radical de establecer una cadena, una fuerte cuerda capaz de conectar todas esas voces diferentes que tienen en común su lucha frente al elitismo rancio que lleva las riendas políticas de la comunidad. Feminismo, despoblación, pensiones, sindicalismo, ecologismo, clase trabajadora, migración, educación, sanidad, etc., todas esas y más voces se escucharon mutuamente; se permearon las unas a las otras en sus diferencias pero sobre todo parece, y eso es lo positivo, se vio la posibilidad de unificar sus luchas. Solo teniendo en cuenta esta línea que cruza lo diferente es posible construir la alternativa que Castilla y León necesita.

En La Molinera se escucharon las voces de quienes cotidianamente se enfrentan al engranaje de un poder que tiende a despreciar precisamente las voces que lo cuestionan. Un poder y unas élites que, como alguien dijo, carecen de proyecto para Castilla y León, condenándonos “a ser gigantescos geriátricos, receptores de grandes proyectos que vienen a depredar nuestra tierra”. Este foro, Una comunidad en movimiento, debería sin duda servir de base para empujar, para sacudir y reunir lo que tiende a no estarlo. Y desde ahí, precisamente, desde esa fuerza que otorga lo colectivo, desafiar sin rodeos a esas élites depredadoras. A este respecto, no tener complejos es esencial, no tener complejos ni miedos a presentar, como también se dijo, un programa radical que plantee transformaciones que destruyan el emporio del miedo y el placer por lo intolerable de esas élites.

Partiendo de esto, la cuestión es ¿cómo generar el espacio que unifique este discurso del cambio? Esa es la tarea por hacer, ese debe ser el reto, pero también el destino.

Lo cierto es que este domingo en La Molinera se hizo visible algo que por sabido no es menos necesario: que estando todo relacionado, el cambio ha de venir de una lucha unitaria y popular.

 

Alberto Santamaría es profesor y ensayista.