Víctor de la Fuente | A nadie se nos escapa ya el avance de la extrema derecha por Occidente, la puesta en marcha de los proyectos más cercanos al fascismo en los últimos años como en el caso Brasil o la Hungría de Orban, donde ha comenzado el cierre de periódicos y sindicatos. El auge no sólo de partidos políticos sino de prácticas y de discursos que, asentados sobre los sentimientos fundadores del capitalismo, buscan hacerse hueco desde nuestros barrios a los medios de comunicación tras años de degradación de las condiciones materiales y la agudización de la explotación.

La aparición y auge de estos movimientos, que abarcan desde la extrema derecha a un nuevo fascismo del S.XXI no podría entenderse sin los años de neoliberalismo previos y sin la vuelta de tuerca impuesta por las élites desde el inicio de la crisis en 2008. En definitiva, el momento actual es heredero de las condiciones materiales, laborales, políticas y sociales impuestas a las clases populares del mundo. Se trata del resultado de décadas de políticas islamófobas, racistas y xenófobas contra las personas migrantes, que no han hecho sino preparar el terreno perfecto para los actuales discursos de odio contra personas racializadas y migrantes. Un auge reaccionario que ve en el movimiento feminista uno de sus principales enemigos, una ola mundial del que actualmente es el movimiento con mayor capacidad contestataria frente al capital.

Existen sin duda varios errores a la hora de analizar el fascismo y a la extrema derecha, uno de los principales es su lectura excesivamente mecánica. Asumiendo que existe una única forma de fascismo, con unas causas y efectos concretos. Obviando que existen toda una serie de condicionantes objetivos y subjetivos, así como la propia relación con la lucha de clases. Y las propias particularidades que estos movimientos adquieren en los distintos Estados-Nación en función de una variedad de aspectos culturales e históricos. Sin duda el momento que vivimos guarda una estrecha relación, con la situación económica que vivimos, la cual determina en última instancia las distintas esferas en las que se desarrollan las relaciones sociales. Es decir, no podría darse la situación actual sin la degradación durante décadas de los distintos mecanismos institucionales, políticos e ideológicos propios de la democracia liberal que aseguran en última instancia la resolución “pacífica” de la lucha de clases inmanente a la sociedad. Lucha de clases, cuyas contradicciones se ven polarizadas y aumentadas en momentos de crisis económica, Dicho esto, también debemos ser certeros a la hora de caracterizar al fascismo, a la extrema derecha o al populismo nacionalista, con el fin de atinar en el diagnóstico lo más preciso posible del cual derivará posteriormente nuestra intervención.

Una caracterización rápida del fascismo del siglo XX, define a éste como un movimiento de masas que reacciona ante el auge de un movimiento obrero revolucionario, capaz de organizar fuerzas de choque que actúan directamente contra el movimiento popular organizado y que utilizaba elementos raciales como catalizadores de su política de odio para enfrentar a las clases populares tras una fuerte crisis económica. El fascismo del pasado siglo, supone el último recurso de la burguesía monopolista que pretende en última instancia defender el elemento central del capital: la propiedad privada. Éste encuentra sus principales fuerzas entre la pequeña burguesía y las clases medias depauperadas que ven en el fascismo su salvación, progresivamente el fascismo fue atrayendo a los sectores más desclasados de la clase trabajadora y el campesinado. Pensar el neofascismo del siglo XXI y las nuevas derechas radicales requiere detenernos en su naturaleza y su relación con el fascismo clásico. Analizar hoy el fascismo en base a esta definición ya nos proporciona bastantes diferencias, como son la aceptación del marco de la democracia liberal y electoral (al menos en su forma en estos primeros movimientos) o la ausencia de un movimiento obrero revolucionario en auge al que se enfrente. El enraizamiento de las instituciones hace pensar hoy un movimiento reaccionario capaz de ser institucionalizado, legitimado a través de un proceso electoral, que inaugura una guerra civil contra el movimiento obrero, feminista, las libertades democráticas… Todo enmascarado por el abrigo de los aparatos del Estado, en donde los medios de comunicación jugarán un papel esencial. La ausencia de un movimiento obrero revolucionario organizado sino más bien a la defensiva, en comparación con el pasado siglo, es sin duda una de las principales diferencias y una de las razones que hoy esgrimen quienes rechazan el auge del fascismo y la extrema derecha. En primer lugar decir que esta visión es extremadamente economicista y mecánica, que determina el auge del fascismo a una reacción de respuesta ante el movimiento revolucionario y que menosprecia el papel de los factores políticos o del resto de esferas que componen la sociedad.

 

¿Todo es fascismo?

Si bien el fascismo nunca se ha establecido de forma inmediata y abrupta de un día para otro, éste ha encontrado su fuerza inicial en la pequeña burguesía y las clases medias desclasadas y depauperadas, tanto económicamente fruto de la crisis económica como políticamente fruto de años de crisis orgánica de la democracia burguesa y del armazón cultural progresivamente en descomposición. Como decíamos anteriormente, muchos de los movimientos que se extienden hoy por Europa (Austria, Alemania, Holanda, varios países nórdicos, países del este, Italia, Francia, etc) quizás no pueden ser caracterizados hoy como fascistas/neofascistas pero si podemos afirmar que preparan el marco politico-social para la formalización de un régimen estatal autoritario. Un ejemplo es el caso de Francia: tras el gobierno de Sarkozy durante los primeros años de la crisis y la puesta en marcha de las medidas de ajuste neoliberales, el PSF pasa al gobierno con un mensaje claro de recuperar para la mayoría social los derechos y condiciones perdidas, tras la aplicación por éste de las medidas que el gobierno anterior, el auge del Frente Nacional se dispara, hasta el punto de estar cerca de ganar las últimas elecciones presidenciales e importantes resultados en las municipales. Si no hay sorpresas, las encuestas les auguran un gran resultado en las próximas elecciones europeas. Si bien el FN no puede ser calificado en este momento como un partido fascista/neofascista, viene generando las condiciones que le permitan alcanzar importantes posiciones en el Estado, condicionando toda la política francesa y europea. Que le preparan el terreno para en un futuro alcanzar el gobierno del estado francés.

 

¿A qué se debe el auge de proyectos de nueva extrema derecha y neofascistas?

Poco a poco una etapa histórica se acerca a su fin empujada por una nueva crisis histórica del capitalismo. Los equilibrios del capital, partidos, instituciones nacido al calor de post-guerra y su posterior giro neoliberal comienzan a desmembrarse. La alianza de las democracias liberales y el capital global, a lomos de la explotación sobre 2/3 del planeta, comienza a presentar grandes fracturas ofreciendo señales de un conflicto inexcusable entre democracia y capital. En un siglo XXI marcado por la inestabilidad, la inseguridad, el auge de conflictos bélicos, etc, el orden se alza como demanda y podría ser impuesta por la vía autoritaria a costa de la democracia. En primer lugar debemos apuntar el marco del contexto particular que vivimos en estos momentos. Asumir que la burguesía como clase, tampoco es un campo totalmente uniforme, con una única estrategia compartida, sino que se encuentra dividida por distintas fracciones y sectores cuyos intereses en muchos casos se encuentran en oposición a los del resto. Es por ello, que hoy vivimos una confrontación permanente entre élites. Por un lado aquellas que se esgrimen como los defensores de los intereses de los capitalistas nacionales (decimos esgrimen porque si ahondamos un poco en sus políticas reales éstas no son tal. Es el caso de Trump o Salvini cuyas medidas más profundas favorecen a los intereses del capital global con pequeños gestos hacia la burguesía nacional mediante medidas proteccionistas) y que se presentan como “outsiders” contra el capitalismo neoliberal personificado en la UE o Wall Street. Estos proyectos populistas se combinan con una orientación clara de criminalización de las personas migrantes, racializadas y pueblos originarios. En un totum revolutum donde lo anterior se combina con la criminalización del movimiento lgtbi y sobre todo feminista. Todo ello con el fin de defender la vuelta a un Estado-Nación fuerte, defensa de la familia y la vida tradicional y con un papel fuerte del factor religioso e histórico.

 

Víctor de la Fuente es miembro de la redacción de Poder Popular y militante de Anticapitalistas.