Fronteras europeas en África

Redacción de Poder Popular | La criminalización de la población migrante constituye sin duda uno de los ejes centrales de la nueva extrema derecha en Europa. Mientras millones de personas migrantes se desplazan por el mundo en busca de un futuro mejor, escapando de los impactos del cambio climático o de conflictos bélicos, Europa construye un muro de vallas y agua a su alrededor.

La política racista de la Unión Europa, que alcanzó su punto álgido en los últimos años ante la llegada de personas refugiadas tras la guerra Siria, es una de las fuerzas que ha impulsado a esta nueva extrema derecha hoy. La vía securitaria sólo hace que construir un imaginario bélico donde unos, “los de fuera”, vienen y “los de aquí” nos vemos obligados a protegernos. Estrategia que va mucho más allá de la retórica para dar forma a una política militarista, racista y xenófoba con las personas migrantes antes y después de que estas entren a Europa.

Pero estos últimos años han demostrado algo más, además de las raíces profundamente racistas sobre las que se levanta el proyecto europeo, sino que las instituciones europeas no son sus ciudadanos. Millones de ell@s se han levantado desde hace años rechazando que en su nombre se señale, se demonice y se asesine. Activistas y militantes se han puesto en marcha para construir otra Europa, la de la solidaridad internacional. Amelia Lobo y Miguel Urbán (militantes de Anticapitalistas) son una muestra de este movimiento. Y es que desde hace años vienen investigando y denunciando la política europea hacia las personas migrantes. Este martes, con motivo del Día Internacional Migrante, se han trasladado a la ciudad de Marrakech donde se ha celebrado la cumbre migratoria con el fin de ratificar el Pacto Mundial para una Migración Segura, Ordenada y Regular de la ONU. Acuerdo que ya es papel mojado desde su origen pues la propia UE viene incumpliéndolo sistemáticamente y que permite atreverse a varios países, como Italia, EEUU o Israel que se han negado a firmarlo, escupiendo así sobre los derechos humanos.

La siguiente parada para investigar la externalización fronteriza europea ha sido Agadez (Níger) como parte de una delegación de la Izquierda Unitaria Europea (GUE). Esta ciudad es conocida como la puerta del desierto por la posición estratégica en la que se encuentra como punto de paso de diversas rutas del Sáhara y “gran sala de espera de la migración subsahariana hacia Libia y Argelia” como señalaba recientemente Miguel Urbán.

Esto mismo escribían nuestras compañeras desde África “tres de cada cuatro migrantes llegados a las costas italianas en estos últimos años habían atravesando antes Níger. Ese interés estratégico ha convertido a este país saheliano en un socio preferente de la UE en su proceso de externalización de fronteras. Hoy Agadez es de facto la última frontera de la Europa Fortaleza. Si bien, para quienes intentan llegar a Europa, sea de hecho la primera…”. Y es que Níger constituye el país africano que más fondos recibe de la UE con el fin de hacer de éste el modelo de externalización de fronteras. ¿Pero, en qué consiste esta estrategia? Sencillamente en trasladar más allá de las propias fronteras europeas la gestión fronteriza en función de los intereses migratorios europeos, subcontratando las funciones fronterizas como si de un servicio más se tratara. Articulando en Níger un auténtico tapón en las rutas fronterizas hacia el mar Mediterráneo. La militarización de la zona la ha convertido en una de las más peligrosas del mundo. Asesinatos, secuestros, tráfico de personas, torturas son algunas de las consecuencias directas de la política europea en uno de los países más pobres del mundo.

“No estamos asistiendo a una crisis migratoria sino a una crisis de derechos. Y ésta no sólo afecta a refugiados y migrantes; nos afecta al conjunto de los pueblos de Europa y nos plantea una pregunta clave: ¿quién tiene derecho a tener derechos?”.