En los sucios púlpitos de la obediencia y el sometimiento fue parido el inventor del humo. Ha pasado mucho tiempo desde entonces, pero aún huelen la sangre y la placenta pestilente. Es un olor que se mete hasta los tuétanos. Él fundó el humo y la transmisión del humo para quedar im¬pregnado por todas partes. Para colarse por cada poro de la piel y conocer las voluntades y dominarlas y manejarlas y confundirlas y maniatarlas. El inventor del humo no lleva sombrero de copa, como mucha gente cree. Ya no necesita disfrazarse.

 

(Alberto Cubero)