Alejandro Seco | Son las 10.39 a.m. de la tan anunciada mañana del veintitrés de febrero y uno de los diarios más importantes de Colombia advierte en su portada: ‘’En vivo. El mensaje de Guaidó a las fuerzas militares venezolanas: bienvenidos al lado correcto de la historia’’.

Un segundo medio, también entre los mas populares de Colombia, comparte la valoración sobre el desarrollo de los acontecimientos y tras hacer ‘’click’’ en un muy bien diseñado titular en forma de cabecera, ‘’Venezuela en el límite’’, accedes directamente a la retransmisión en directo de los hechos: ‘’En vivo. Puente Tienditas. Arrancan camiones con ayuda’’.

La mediatización de la cuestión venezolana a lo largo de los últimos años ha hecho que uno tenga que decidir de qué lado está. No parece haber espacio entre medias para nadie. Ni siquiera en España, donde el ‘’tema Venezuela’’ ha sido y es discutido constantemente en bares, terrazas y parlamentos haciéndonos sentir que Venezuela es de facto una cuestión de Estado. En definitiva no tan lejos de la relación que un día hubo entre metrópolis y colonia.

Lo que quizá no se conoce tanto es que cuando hablamos de Colombia y de Venezuela hablamos en realidad de dos pueblos con una historia en común que un día conformaron, junto con territorios del actual Ecuador, Panamá y otros territorios que pasaron a manos de Brasil, Perú, Nicaragua y Honguras, un mismo país: la Gran Colombia.

Éste estaba destinado a ser, en palabras del venidero presidente norteamericano John Quincy Adams, ‘’una de las naciones mas poderosas del planeta’’. Sin embargo, las diferencias entre centralistas y federalistas, partidarios del conservador general Santander por un lado y del Libertador Simón Bolívar por el otro rompieron el sueño de éste último cumplíendose así las pretensiones norteamericanas de dividir la América del Sur mientras se unificaba la del Norte. Y lo que es aún peor, como nos recuerda el historiador colombiano Indalecio Liévano Aguirre, es que éste razonamiento, para la desgracia de los pueblos y las clases populares, encontró un total respaldo en las oligarquías criollas de Hispanoamérica a diferencia de lo que sucedí en el Norte donde primero lograron la independencia pero muy seguidamente se dispusieron a unificar las trece colonias inglesas en un único territorio.Nada que ver, como comprobaran, con lo sucedido en las jóvenes repúblicas de la América española.

La política exterior norteamericana claramente expansionista marcó el devenir de los pueblos de América Latina llegando a considerar incluso algunos territorios como las islas de Cuba y Puerto Rico, ‘’un apéndice natural del continente norteamericano en virtud de su posición local, y una de ellas (Cuba) objeto de trascendental importancia para los interes políticos y comerciales de la unión’’, en palabras del propio Adams.

El siglo XX no fue menos agitado en lo que a intervencionismo norteamericano se refiere en América del Sur: Guatemala 1954, República Dominicana 1963, Nicaragua 1979 y la muy sonada participación de la CIA en el golpe de Estado que derrocó al legítimo presidente chileno Salvador Allende en septiembre de 1973 son sólo algunos ejemplos de las ‘’intervenciones humanitarias’’ o ‘’guerras preventivas’’ ejecutadas por el gobierno norteamericano en el marco de su política exterior.

No parece haber cambiado demasiado el escenario de aquellos años en los que la doctrina Monroe y el sangriento siglo XX definió las relaciones económicas y políticas de los Estados Unidos con sus vecinos del sur, y seguimos inmersos en la misma problemática.

El triunfo electoral de Iván Duque el pasado mes de junio hace pensar que Colombia vive una regresión hacia las políticas militaristas de su padrino político Álvaro Uribe, dinamitando los acuerdos de Paz de la Habana y conduciendo a la ya de por sí frágil sociedad colombiana a una situación de incertidumbre política y social.La vuelta a la política uribista del miedo parece ser una realidad y la cuestión venezolana sin duda acentúa éste cambio de rumbo. Mientras tanto los principales medios de (des)información colombianos alertan sobre el éxodo masivo de venezolanos en busca de oportunidades y parecen haber olvidado demasiado rápido las dinámicas migratorias de su propio país.

Conviene recordar que a mediados del siglo XX y a consecuencia del boom pretrolero en Venezuela y el conflicto armado en Colombia cientos de miles de colombianos vieron al país vecino como un destino seguro donde poder desarrollar de una forma plena y segura sus vidas, dada la estabilidad económica que por entonces reinaba en el país bolivariano. Idéntica situación tuvo lugar a lo largo de la primera década del siglo XXI, cuando Venezuela vivió una segunda bonanza petrolera y miles de colombianos veían peligrar sus vidas ante el recrudecimiento del conflicto armado interno y encontraron sosiego en las políticas sociales del expresidente Hugo Chávez.

La gravísima crisis económica que atraviesa Venezuela en parte debido a la asfixia financiera y la presión internacional, ha obligado a cientos de miles de ciudadanos a dejar atrás su país en busca de un futuro certero. Las caravanas de migrantes que atraviesan en su mayoría a pie Colombia rumbo en muchos casos a países mas estables como Ecuador o Chile, son víctimas de agresiones físicas, extorsiones y robo de las pocas pertenencias con las que salieron de sus hogares. La estigmatización y la exclusión social son dos realidades con las que deben convivir los y las migrantes venezolanas en su éxodo (‘’venecos’’como los denominan despectivamente) llegando a producirse incluso agresiones físicas como la ola xenófoba que tuvo lugar el pasado mes de enero en la ciudad ecuatoriana de Ibarra donde se denunciaron hasta 82 agresiones a migrantes.

Cabe preguntarse si detrás de estas agresiones no se encuentra un sentimiento de aporofobia entre los países receptores de migrantes que no ven con buenos ojos la entrada en sus países de ciudadanos que viajan ‘’con lo puesto’’, sin grandes sumas de dinero en efectivo ni cuentas bancarias en paraísos fiscales.

Cabe preguntarse, también, si la supuesta ‘’ayuda humanitaria’’ enviada por el gobierno de Estados Unidos y otros países cumple realmente con los principios de imparcialidad, neutralidad y humanidad que debería guiar dicha intervención. Cabe preguntarse, en definitiva, si no estamos ante una nueva y perversa estrategia norteamericana desestabilizadora con objetivos claramente económicos (no olvidemos que la reserva mas importante de petróleo del mundo se encuentra al norte del Río Orinoco).

Venezuela necesita del apoyo sincero y desinteresado de la comunidad internacional y en especial de sus vecinos latinoamericanos para vencer la grave crisis que atraviesa respetando en todo momento el principio de soberanía nacional recogido en la propia carta de la Organización de los Estados Americanos.
De no ser así, quizá estemos ante lo que podría denominarse la ‘’crónica de un nuevo conflicto internacional anunciado’’.

 

Fotografías de Natalia Mora tomadas en la frontera de Ecuador con Cali. Y texto de Alejandro Seco, amb@s residentes en Colombia.