Laia Facet | En 2016 las feministas polacas iban a la huelga feminista para defender la despenalización del aborto y en defensa de los derechos reproductivos; meses después las argentinas paraban el país por los feminicidios para llamar meses después a la primera huelga internacional de mujeres. El contagio ha hecho mella. Ya en 2018 la huelga feminista del Estado Español fue la gran sorpresa de la jornada y este año la huelga se ha abierto paso en el interior de Europa.

Esta incursión feminista se da tras una década de políticas de austeridad que han desvelado y agudizado las desigualdades sociales y económicas. Por supuesto, con un claro impacto de género. Las luchas contra los procesos de privatización y recortes al sector público del ciclo anterior son retomadas por los movimientos feministas en estos últimos años fundamentalmente en sanidad, educación y dependencia. Así como las luchas en sectores laborales altamente feminizados como son la limpieza o los cuidados.

Sin embargo, la crisis ha tenido un impacto particularmente agudo entre las mujeres migrantes quienes en toda europa están sosteniendo el grueso de cargas reproductivas y de cuidados, asumiendo los vacíos cada vez mayores del Estado. Con distintas intensidades en cada país, la presencia en el debate feminista de las mujeres migrantes es ya un hecho indiscutible e indispensable. De un país a otro, del Estado Español hasta Bélgica, las reivindicaciones del derecho a tener derechos cobran centralidad. En un auge amenazador de la derecha más autoritaria y reaccionaria, el feminismo debe declinarse necesariamente de manera antirracista. Esto pasa por hacer parte y construir el tejido de mujeres migrantes y racializadas que existe en Europa.

Precisamente ese mismo auge autoritario ha empezado los últimos años un ataque y una regresión a los derechos y libertades de las mujeres, las personas trans y el conjunto del colectivo LGTBI+. Unos ataques que en consecuencia han generado una reacción, politización y movilización de estos mismos sectores. Entre estas luchas, podemos destacar la lucha por el aborto y los derechos reproductivos en Polonia o Irlanda, por poner algunos de los ejemplos de más movilización.

Evidentemente, la lucha contra las violencias machistas ha sido un vector de radicalización a escala mundial y también en Europa. Este conflicto ha precipitado la entrada de toda una nueva generación al feminismo. Entre los cambios que se repiten está en el centro la cuestión colectiva y estructural de las violencias. Tras décadas de un mantra en que las violencias eran considerado un problema íntimo, personal, familiar… este ciclo feminista ha puesto el carácter sistemático, estructural y político de las violencias. Una lucha que se repite en prácticamente todos los países europeos desde Italia hasta Dinamarca, pasando por Alemania o Francia. Los movimientos feministas de Europa están ensayando movilizaciones y defensa de reivindicaciones concretas. A le vez también experimentan con prácticas de autodefensa feminista recuperando toda una genealogía del feminismo.

La convocatoria de huelga de este 8M será una foto, aunque siempre poco precisa, del estado de los movimientos feministas en Europa. Podemos afirmar que, pese al desarrollo desigual del movimiento en el conjunto del continente, este año más países organizarán la jornada de huelga feminista. Algunas de las feministas que se han lanzado a organizar jornada de huelga del 2019 son las de Portugal, Bélgica, Suiza o Alemania donde una nueva capa de mujeres se incorpora y revitaliza la lucha feminista. En este contagio a diferentes paises europeos ha jugado un papel clave las expectativas del éxito de la huelga feminista del Estado Español.

Este año tendremos elecciones al Parlamento Europeo y, por lo tanto, extender y alimentar el movimiento feminista autónomo será fundamental para construir las redes necesarias para hacer frente a la ofensiva autoritaria que se adivina con el crecimiento de las extremas derechas. Quizás este 8M Europa tiemble ante el avance de las feministas.