MCDONALD’S

¡Oh, inmensa tribu de los camareros del McDonald’s
—y digo camareros porque no sé cómo nombraros—
acogedme en vuestro seno cósmico,
dejadme ser un poro o un minúsculo pelillo o una microquemadura de aceite
en vuestra mano mayor que el mundo,
dejadme participar de vuestra revolución erótica
de los productos de un euro, de los regalos promocionales,
de las hamburguesas
con mínimas e infinitas variaciones!
Me cobráis la mayonesa y no el ketchup ni la mostaza.
Lo del ketchup lo entiendo, pero sé que algún cable oculto esconde
vuestra preferencia por la mostaza. ¿Qué queréis
cambiar en las naciones de occidente?
Quiero iniciarme en vuestros ritos mistéricos, saber
qué clase de monstruo comunista encubre la mayonesa.

El Burger King es evidentemente mejor, no vamos a discutir eso ahora.
Pero sigues siendo el rey, señor McDonald’s, porque tú no vendes calidad.
Tú vendes una idea mágica.
Tú fuiste el primero en decirnos:
eh, no pasa nada si se te acabó la paga de tus padres.
Puedes ser feliz por solo un euro. Eh, no pasa nada si te estás meando.
Compra un capuccino
y utiliza mis baños, nadie va a molestarte.
Eh, no pasa nada si ya pediste el McFlurry.
Puedes cogerlo después, cuando acabes la hamburguesa.
Eh, no pasa nada si te sientes
mal con tus lorzas, puedes pillar una ensalada con pollo rebozado.
Eh, no pasa nada si tienes
dinero y quieres gastarlo, tenemos unos macmenús nuevos que deberías robar.
Tú fuiste el primero (da igual si no lo fuiste) y por ello hoy
y siempre te guardaremos fidelidad.

Trabajadores del McDonalds, hamburgueseros altivos,
dadme una camiseta verde y un uniforme de esos
que os uniforma con la sabiduría
saludadme como a uno de los vuestros
dejadme pasar a la cocina
troceadme con vuestros cuchillos mitopoyéticos
rebozadme según vuestra receta y si no, me gustaría que me rebozarais
con kikos, ese hidratante invento de la posmodernidad,
pero rebozadme
y permitidme caer en la freidora como un gimnasta del amor,
como un pez plateado en las aguas del tiempo,
y así podré entregar mi cuerpo a toda la gente que salga
de la sesión última del cine
y me convertiré, gracias a vosotros y a vuestro insobornable amor por el dinero,
en el último mesías del capitalismo salvaje.

(RINOCERONTE GARCÍA)