A vaciar la usura vamos,
a sacudirnos este polvo
de frustración y derrota.

En
pie, sin miedo,
caminando juntas frente a los espejismos
y las miradas verticales, a los lenguajes heredados.
Con la fortaleza de los pasos acompañados,
del canto de quienes compartimos
el sudor, el cansancio y las veredas
cada mañana hasta un amanecer que siempre se aleja.

En pie, alzándonos
desde la sabiduría de las calles
y el empeño de las esquinas que no se doblegan.
Insumisas, aspirando a escalones agujereados
que deshagan su ascenso y que tracen líneas al horizonte.

Reconocemos los riesgos, las astillas de las manos,
pero también la urgencia de los estómagos,
del llanto, de la hierba abrasada, de los abrazos par-
tidos. Y no aguantaremos más
golpes, más burlas, más expolio; no.
Hemos descubierto las fracturas,
la asfixia y por qué nunca salimos
indemnes de sus juegos de sillas.

Por eso nos ponemos en pie, porque
no queremos mendigar nuestra dignidad, porque
despertamos de sus palabras imantadas, porque
nos escuecen los dedos con la rabia
y queremos seguir hablando desde la caricia.

En pie los caídos cientos de veces,
las golpeadas, las silenciadas,
los marcados por sus nóminas, sus cerrojos y sus párpados,
las sin altura, las que portamos
nudos de luchas y esperanzas en las vértebras
para no ser doblegadas.
En pie, en pie
desobedecemos,
                    resistimos
                                  construimos.

 

(Alberto García-Teresa)