Manuel López Funes | El pasado 14 de noviembre de 2018 asesinaron a Camilo Catrillanca, activista y dirigente social mapuche. No fue el primero, en Chile se están matando a muchos. No son asesinatos aleatorios, sabemos quien aprieta el gatillo, sabemos que se tratan de crímenes de Estado. Esta es la gravedad de lo que está ocurriendo y no sabemos nada, los mapuche siguen siendo asesinados y no aparece en los medios ni nos lo está contando nadie.

Somos conscientes de que escribimos este artículo como españoles, que debería ser escrito por alguien que tuviera Cayuqueo, Ñanco o Calbucura por apellido. Pero con mucho respeto asumimos la responsabilidad de hacerlo, de contar que al otro lado del océano se sigue derramando sangre. También con el convencimiento profundo de que una izquierda revolucionaria y verdaderamente internacionalista debe conocer las opresiones que hay a lo largo del mundo, debemos incluir esta lucha en la concepción de la interseccionalidad, debemos tenerlo en la mente siempre, no perderlo del horizonte y es algo que también nos tiene que doler. Además creemos que tenemos el deber de pensar y escribir sobre ello como europeos, ya que debemos entender la posición donde estamos y pasar, aunque sea desde la teorización, por nuestra propia penitencia por ello.

Empecemos describiendo el escenario que nos encontramos. Históricamente y hasta la actualidad el pueblo mapuche ha sufrido la expropiación y ocupación de sus tierras de la mano del Estado. Ha visto la deforestación de las zonas en las que habitaba, ha visto la edificación continua, la implantación de fábricas, de rascacielos, de avenidas…, la destrucción de sus pueblos y la imposibilidad de continuar con sus actividades.

Los mapuche han tenido que abandonar sus tierras y emigrar, que desplazarse y deambular por el territorio. Y al igual que, el ejemplo los esquimales, como la ONU no contempla la categoría de refugiados ambientales, no son reconocidos como tal. Es decir, sin derecho a asilo.

Como es lógico, surgen movilizaciones en contra de la situación, desobediencia civil, organización, grupos de presión, etc. Entre dichas movilizaciones, y por el nivel de opresión al que están sujetos, ha surgido también una respuesta más violenta, con acciones como quemas de contenedores o bloqueos de calles.

Esto ha conllevado una respuesta jurídica del Estado a través de condenas por terrorismo (de hecho, la mayoría de los casos que se ha aplicado la ley antiterrorista ha sido a personas mapuche), y una respuesta violenta a través de la utilización de las FFAA que ha terminado incluso con asesinatos de los líderes de estas movilizaciones (y con casos de montajes y destrucción de pruebas de ello), lo cual implica, no solo judicialización, sino una militarización de un conflicto político. Este nivel de represión sólo se explica por un elemento muy concreto que desarrollaremos de forma más extendida más tarde: y es que la acción política de dicho grupo implica un desafío directo al monopolio legítimo de la violencia del Estado.

Con este artículo pretendemos explicar el conflicto mapuche, sus razones y cómo funciona. Pero para ello tenemos que conocer la historia y los elementos políticos que lo conforman.

Si volvemos atrás en el tiempo y nos situamos en la época de la colonización, al final lo que ocurre es algo tan simple como que el pueblo indígena es el que ocupaba el espacio que los españoles querían para sí. Había que exterminarlos.

Pero si seguimos la historia, avanzamos hasta la revolución por la independencia, encontramos una lucha, que en última instancia es entre los españoles de la metrópoli contra los criollos (incluso podemos hablar de oligarquías criollas). Que son descendientes de españoles y ya nacidos allí.

Hay que entender que ya el contexto era otro, personas que habían habitado durante generaciones en un país tienen derecho a construirlo de forma libre, independientemente de cuales fueran sus antecesores. Pero los indígenas seguían estando ahí, desde mucho antes de que estos llegaran, y su estancia allí chocaba con el relato de los criollos de merecer la construcción y propiedad de un país en aquellas tierras. Este hecho es clave para comprender el ahora.

Pero aparte de los orígenes, no podemos entender el desarrollo histórico del conflicto sin dos hechos concretos. La desocupación violenta del valle central de Chile, donde se exterminó a los indígenas por no poder supeditarlos y convertirlos en siervos. Y el momento cuando se estaba expulsando ya a los españoles, Alfonso de Rivera pide al Rey tierras para incentivar que estos se quedaran, formando así una frontera humana, un “escudo contra los rebeldes y la barbarie”, frontera formada, por supuesto, por pobres.

Es entonces, en la guerra de Arauco, donde encontramos el origen de una cultura y un sistema de latifundios que se extenderá a lo largo de la historia de Chile.

Todo esto significa que no sólo hay este nivel de represión y de dureza en el tratamiento del tema porque el conflicto mapuche sea un cleavage histórico en la historia de Chile, sino que, como vemos, tiene un papel fundamental en el problema de la propiedad de la tierra, que es otro cleavage histórico y más importante, si cabe, para explicar Chile, y que además ha sido conflictivo a lo largo de todos los gobiernos del país (desde antes de Pedro Aguirre Cerda, hasta la actualidad, pasando por Allende y por la dictadura de Pinochet).

Para continuar con el diagnóstico de la situación y comprender cómo funcionan las claves del conflicto de la Araucanía, podemos analizar muchos elementos políticos que lo conforman, pero sobre todo es fundamental entender que el conflicto mapuche tuvo un papel crucial para la construcción del Estado chileno.

Esta afirmación tiene muchas traducciones políticas que podríamos analizar detenidamente, pero principalmente se expresa en tres elementos muy claros: en primer lugar, el Estado se construye de una forma fuertemente centralista; funciona de forma que se constituye una cierta tendencia o facilidad al autoritarismo; y por último, el Estado chileno se conforma de manera que lleva un tratamiento cuasi-militar de los conflictos.

Entender esto es fundamental, pues estos tres elementos a la hora de construir el Estado son una respuesta directa a la legitimidad implícita del pueblo mapuche en el territorio. Ya que el centralismo supone un control absoluto suyo y no una repartición entre las distintas regiones en las que puede haber mayor población indígena y puede caber más cuota de poder para el pueblo mapuche. Por otro lado, la tendencia al totalitarismo y el manejo cuasi-militar de los problemas es una reacción a la disputa del monopolio legítimo de la violencia del que hablamos antes, así como a la necesidad de dar una respuesta violenta y de coacción ante la victoria moral absoluta que tiene el otro bando en el conflicto.

Pero la opresión al pueblo indígena no solo se expresa desde la forma en la que se ha construido el Estado, sino que se debe también a que los criollos entienden que su legitimidad para ocupar y controlar el país se basa, precisamente, en la deslegitimidad de suya. Y ello, para construir dicha legitimidad y darle más fuerza, también lo hacen a través del relato de ser quien expulsó a los españoles colonizadores, vinculando su figura de chilenos con la de libertadores, así como los que formaron un Estado a partir de ahí.

Pero esta opresión de la que hablamos ha tenido también un contra-efecto claro: la existencia de un pueblo en el sur y un Estado no indígena en el valle central que delimitó un “pueblo-nación”. Tuvo un efecto de construcción del “otro”. Que además crecía con una suerte de “complejo de Edipo” de la necesidad de matar al padre, de liberación del oprimido, que hace que se exprese su lucha a partir de un elemento identitario muy fácil de articular, que los sitúa como un sujeto subalterno y les da un relato y un objetivo de liberación y justicia social muy fuerte al que caminar.

Analizados los elementos políticos, cabe destacar que la lucha actual, las movilizaciones del pueblo indígena para revertir su situación hoy son constantes y ocurren con toda normalidad y de forma pacífica, pero también existe la acción de grupúsculos violentos que llevan a cabo actos de vandalismo urbano. Y aunque todo el grado de violencia sea ese, existe una reacción contundente y desproporcionada del gobierno que ha llevado, a través de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, al asesinato de los dirigentes sociales que encabezaban las movilizaciones. Desde el brazo judicial también muchos han sido encarcelados y condenados por terrorismo. Esta reacción se explica por la tendencia a la gestión militar de los conflictos, a la fuerza de las fuerzas de seguridad tan férrea que da el centralismo a tanto nivel, y porque estos grupúsculos son los que suponen, como decíamos, un desafío directo al monopolio legítimo de la violencia del Estado.

Tenemos, además, unas elecciones presidenciales, todavía recientes, en las que la derecha ganó prometiendo un “comando jungla” de la policía, y un grupo de carabineros “formados en Colombia” (cuando el conflicto mapuche no tiene comparación alguna en cuanto al nivel de violencia con la guerrilla colombiana), la extrema derecha prometía sacar los tanques, e incluso algún partido más socialdemócrata seguía apostado por una solución a través de la judicialización del conflicto. Esto nos invita a reflexionar sobre el pueblo chileno hasta en términos casi psicoanalíticos. Y es que por la manera en la que tuvo lugar la construcción del Estado (en valores y en su base teórica) y por los episodios dictatoriales que ha habido en el siglo XX, tenemos una sociedad con unos marcos conceptuales y una gran masa social que legitima la contestación violenta del Gobierno.

Con esto, damos por terminada la explicación del conflicto. Ahora vamos a aportar cuál creemos que debe ser el papel de la izquierda en éste. No solo para parar a las oligarquías y para la emancipación del pueblo, sino para hacer justicia y parar las muertes que hay día a día en el país, sobre todo, en la Araucanía.

El papel de la izquierda es fundamental para la solución del conflicto, aunque de una complejidad muy grande. Frente Amplio se presenta a las elecciones presidenciales de Chile, no puede impugnar el papel del Estado como estructura, pero el posicionamiento debe ser claro con el pueblo mapuche.

Frente Amplio es una propuesta que aspira a gobernar, que todavía lucha por alcanzar el poder y no ha quedado replegado a unos resultados residuales, todavía puede disputarle el espacio a la Nueva Mayoría (homólogo del PSOE) y hacerse con el liderazgo de la izquierda. No puede posicionarse como antistablishment en este momento, no puedes salir de ahí porque tienes que presentarte como tal, y más en una sociedad que no busca una rebeldía como pudo ser el voto de Trump, sino que demanda una imagen de Estado, que usa palabras como “consenso”, “sensato”, etc.. La hegemonía de eso y de la concepción o el concepto de democracia no puede ser abandonada, y menos aún impugnada, por la izquierda. Pero tampoco podemos obviar la opresión al pueblo mapuche, no solo porque sería profundamente injusto, sino porque, si algo podemos aprender de la postura que se ha tenido con Cataluña, no podemos no dar respuesta a un cleavage que ha atravesado la historia de un país siempre y que ahora está candente.

Por otro lado, decíamos que el Estado chileno construye y avala su legitimidad con el relato de que expulsaron a los españoles colonizadores. La izquierda no puede renunciar tampoco a un hito tan importante y tan fácil de relacionar con los ideales anticoloniales de la izquierda. No puede jugar a lo marginal solo asumiendo el discurso mapuche. Debe construir un relato desde la revolución y la independencia, apropiándose de ello ya que es un elemento hegemónico que, además, es directamente constituyente de la construcción del Estado chileno (lo cual sí que es absolutamente hegemónico y un concepto con una fuerza tan intensa que no podemos obviar). Por supuesto, tampoco un partido con aspiración de gobierno, debe condenar todo tipo de Violencia, aunque sea de nuestro bando. Y, desde ahí, desde asumir el relato de la independencia como base, articular un relato que también incluya la integración del mapuche. “Los que siempre estuvieron (o estuvimos) ahí y los que los echamos”, juntos contra los poderosos y ricos que nos oprimen, sean españoles o chilenos.

Es ahí, en cómo hacer eso, donde está el reto intelectual y político de la izquierda. Queremos dejar como propuesta para conseguirlo la idea de expresar esto a través de la figura de Lautaro (libertador de Chile), un mapuche que fue adoptado por el conquistador Pedro de Valdivia. Creció como un español más, aprendió a montar a caballo (los mapuche nunca los usaron como transporte por lo que no sabían montar), a manejar la espada, etc. y cuando creció mató a Valdivia y luchó por la liberación de Chile. Creemos que la izquierda puede apropiarse de esta figura como conducto en su relato ya que significa libertador e independencia y significa mapuche.

A parte de este papel más delicado de gestionar por Frente Amplio como candidatura electoral, fuera de este contexto la izquierda puede moverse con más facilidad, podemos seguir presionando con movilizaciones sociales, con grupos de presión y manifestaciones, podemos forzar debate en los medios de comunicación, etc.

Además de esto, creemos que se tiene que avanzar hacia una propuesta política más fuerte para destensionar y dar solución a este cleavage clave. Y que eso pasa, primero, por un proceso de reparación y de memoria histórica; pero además, avanzar hacia el consociacionalismo: entender a los mapuche como nación y como segmento de la sociedad. Esto puede expresarse, por ejemplo, en una cuota en el congreso, en un tribunal concreto para condenar las decisiones y hechos oportunos sobre el tema (históricos y asesinatos actuales), o incluso un ministerio indígena.
Hasta aquí llega el análisis, diagnóstico y propuestas sobre el conflicto de la Araucanía, así como el artículo en general. Pero ahora, para cerrarlo, abandonamos el plural de cortesía para hacer una reflexión personal en forma de alegato.

Lloro, no solo por la carga histórica de quien proviene del asesino de un pueblo, no solo por convivir en un entorno construido con su oro y su sangre, sino porque si hacemos el ejercicio egoísta de obviar todo esto, de olvidar lo humano, también lloro por la responsabilidad histórica de haber permitido que una cultura tan rica no evolucione, no siga creciendo. Tenemos la culpa de haber perdido una forma de entender las cosas, otras perspectivas, de callar a quien tenía tanto que contarnos, de perder una voz que nos cuente soluciones distintas a los problemas del hoy.

 

BIBLIOGRAFÍA:

CAYUQUEO, P. (2017). Historia secreta mapuche. Santiago de Chile. Ed. Catalonia.

BENGOA CABELLO, J. (2018). La formación del Estado y los Mapuche(s) o los Mapuche(s) y la formación del Estado Nacional en Chile. Santiago de Chile. Anales de la Universidad de Chile, (13), pp. 17-38.

Entrevistas y testimonios a mapuche(s), conversaciones informales y coloquiales que me daban mayor idea de la situación y de la percepción que tiene el propio pueblo sobre ello.

 

DECLARACIÓN:

Ante el respeto por el hecho de ser un español tratando el tema de los mapuche, y ante el hecho de ser alguien, en última instancia, poco conocedor del tema. Este artículo ha sido corregido por un mapuche y por un cuadro de un partido de la izquierda Chilena.