Manel Barriere Figueroa | Cuando visitamos una librería, podemos encontrar muchos tipos de novela que van desde el best seller comercial a la obra experimental, pasando por autores clásicos o no tan clásicos a través de los cuales entramos en contacto con las tradiciones literarias más diversas. Lo realmente extraordinario, sin embargo, es recaer en novelistas próximos a nuestra realidad, que hayan asumido la escritura como un compromiso político con el fin de aportar aquello que se puede aportar, mediante las herramientas de la ficción literaria, al campo de la crítica social.

Uno de los autores con una trayectoria más interesante en ese sentido es Matías Escalera Cordero, poeta, profesor y ensayista, quien ha novelado desde una experiencia personal intensa y lúcida la España salida de la transición y sus miserias, partiendo de algunos interrogantes que no todo el mundo se atreve a plantear. El dominio de la historia de la literatura y de los recursos que esta pone a su alcance, convierten las novelas de Matías Escalera, El tiempo cifrado y Un mar invisible, en dos artefactos de una complejidad estimulante, que nos invitan a aceptar el reto de una literatura con consecuencias, capaz de cuestionarnos a nosotros mismos, el mundo que nos rodea y nuestra historia reciente.

¿Por qué seguir escribiendo novelas en la era de las redes sociales?

Yo empecé a escribir antes del fenómeno de internet, pero en pleno auge de la posmodernidad, de lo que se llamaba la posmodernidad. Mi primera novela, El tiempo cifrado, fue concebida en el año noventa, y estuve escribiéndola del noventa y uno al dos mil tres. La reescribí tres veces; de hecho, la segunda novela, Un mar invisible, se publicó primero que la tercera versión de El tiempo cifrado, que salió posteriormente. ¿Por qué sigo escribiendo ahora? Por las mismas razones que entonces, por una decisión esencialmente política. Porque quería, y quiero, novelar mi tiempo, mi tiempo presente. En realidad, mi proyecto novelístico es muy galdosiano, y en un momento de dominio absoluto de las redes sociales, en las que yo no participo, tiene mucho más sentido, creo. Frente a la imposición de la inmediatez y de la brevedad sin análisis ni profundidad, el intento de elaborar un relato del mundo extenso, profundo y denso, me parece una apuesta esencialmente política.

Goytisolo, hablando del realismo de los 50, decía que en un país donde los medios de comunicación no contaban nada, los escritores tenían la responsabilidad de contar las cosas tal y como eran. ¿Qué ocurre cuando hay un exceso de realidad a través de las RRSS? ¿Como afecta el dominio de las RRSS al realismo?

Es que estamos en el mismo sitio en el que estaba Goytisolo. Lo que pasa es que, hoy en día, hay una súper inflación de relatos mentirosos y postizos, que equivalen al silencio. Yo siempre hago hincapié en la verosimilitud. Frente al costumbrismo que domina en la actualidad el relato de masas, sea novelístico o audiovisual, la verosimilitud sigue siendo el pilar que fundamenta la novela moderna. En realidad, hay dos pilares sobre los que me sostengo básicamente, Cervantes y Galdós. De Cervantes, la verosimilitud psicológica, social, política y material del relato. El lector debe considerar verosímil lo que lee, es decir, posible en su mundo por muy fantástico (desatino, decía Cervantes) que sea lo relatado. De Galdós, el objetivo de relatar el tiempo presente tomando partido; y, de hecho, a través de mis novelas se puede seguir claramente lo que ha sido la España de la transición, la España de la burbuja, la España en que esa burbuja se rompe y estalla, esto es, la España de la crisis, etcétera… Pero son relatos que no tienen una intención periodística, sino literaria, con todo el arsenal propio de la literatura. Lo que pretendo es ir a la raíz de los conflictos. La raíz de los conflictos es el conflicto básico, el conflicto entre el capital y nosotros. Hay un tercer pilar más, pensándolo bien, que es el Arcipreste de Hita. El relato realista no tiene porque ser cerrado, rígido y monolítico. El texto puede construirse con todo tipo de elementos, incluso no realistas, que se integren en un relato verosímil de la realidad presente. Es la técnica del collage, típicamente del Arcipreste. El análisis en profundidad del Libro de Buen Amor que hice junto a mi maestro Julio Rodríguez Puértolas, en la UAM de finales de los setenta y principio de los ochenta, para mí fue clave en la comprensión del texto literario moderno. La novela es el espacio literario en el que cabe todo, siempre que tengas claro el objetivo y la columna vertebral del relato.

John Berger habla de que escribir es construir un refugio para el viajero, una imagen que remite a la idea de una tribu alrededor del fuego escuchando una historia. ¿Sigue funcionando la novela como elemento de relación entre la subjetividad y el colectivo?

Las sociedades modernas se han fragmentado de tal manera, la relación que hay entre el que escribe y el que lee es una relación tan difusa y tan imposible de visualizar o de sentir, que lo que haces es simplemente una apuesta. Todo aquel que escribe espera ser leído. La suma de lectores formarían esa pequeña tribu que se reúne alrededor de un texto para comprender, explicarse o simplemente exorcizar la realidad que viven.

En la novela comercial, ese fenómeno está mediatizado por el capital y por los medios de comunicación. Es una relación falsa, no hay tribu porque no hay calor. Quien se acerca a un best seller que ha salido en Babelia, en la Cadena Ser, en los adocenados programas culturales de televisión, por poner ejemplos conocidos, lo hace porque no tiene otro remedio, porque si quiere ir a la oficina y hablar de algo, si no quiere hacer el ridículo cuando le preguntan si lee, tiene que decir que sí, que ha leído esa novela, que ha visto esa serie o esa película de la que todo el mundo habla. El lector de best sellers, de la novela industrial, no forma comunidad, forma masa de lectores. En cambio, quien lee una novela como las mías lo hace porque quiere hacerlo, han ido a buscar Un mar invisible o El tiempo cifrado, o Historias de este mundo, los relatos, sin que nadie se lo diga ni se lo imponga, y, además, no van a sacar nada de ello, no van a obtener capital simbólico, no van a poder ir a la oficina y presumir de ello. Los lectores de novelas como las mías, sí estarían en el refugio de Berger. Los otros lectores están a la intemperie, sometidos al huracán de los medios.

Entonces la literatura queda reducida a un pequeño espacio de resistencia.

Como siempre. Siempre ha sido así. Lo que pasa es que nosotros estamos condicionados por la deformación de los libros de texto, estamos mediatizados por el canon, por la historia oficial de la literatura. Pero quienes tuvieron éxito, quienes controlaban el campo literario en cada momento, no son necesariamente los que hoy estudiamos como autores centrales de nuestra tradición. Pudieron ser hasta desconocidos, mira el caso de Lautréamont, por ejemplo. A mí eso no me preocupa. La guerra literaria tiene muchos frentes. Hay compañeros que están en el frente mediático, como Belén Gopegui, Isaac Rosa, Marta Sanz, como lo estuvo Chirbes o incluso Alfons Cervera, y otros que estamos en otro frente, en otra división. En todas las trincheras se da la misma batalla. Yo he optado por la novela literaria, densa, que exige un lector muy activo. César de Vicente, en el prólogo de Un mar invisible, dice que mi novela necesita destruir al viejo lector para construir un nuevo lector. En realidad, mi modo, mi propuesta política es esa. Es arriesgada y me somete a la exclusión del foco mediático, pero eso ya lo sabía de entrada, por eso soy profesor y tengo un oficio que me permite vivir honestamente.

¿Y eso es suficiente políticamente, simplemente escribir, o para destruir a ese viejo lector hay que hacer más cosas?

Alberto García-Teresa dice que el autor crítico, el poeta crítico o el novelista crítico, tiene que ser además militante. Yo siempre he combinado la militancia social y política con la escritura. O con la enseñanza. Para mí la enseñanza es un hecho político también, y me enfrento a mi actividad docente desde un punto de vista político. Por eso he luchado y lucho por la escuela pública, por un determinado modelo de escuela pública, por un determinado modelo de currículum, por un determinado modelo a la hora de expresar o desarrollar ese currículum. Cuando escribo, escribo de determinada manera, pero, al mismo tiempo, actúo socialmente, me vinculo a opciones políticas cercanas a los objetivos que considero apropiados en cada momento. Fui miembro del Partido Comunista muchos años, pero, cuando volví del extranjero, me di cuenta de un hecho paradójico, y es que personas como yo somos más valiosos fuera de las organizaciones que dentro. He colaborado y colaboro con todo el espectro de la izquierda, desde la izquierda libertaria a la socialista, y si hubiese estado militando en el Partido Comunista no hubiera tenido esa libertad de movimientos.

Eso que dices de que la literatura siempre ha sido así ¿no percibes una cierta degeneración, que cada vez se leen menos novela?

Hoy, en España, hay más lectores de los que nunca ha habido en la historia. El problema es lo que se lee, pero eso ha pasado siempre. Los que nos dedicamos a esto no podemos ser víctimas de una ilusión mentirosa. Hay una cuestión clave en esto y que yo me planteo constantemente: ¿merece la pena el modo como he enfocado este asunto de la escritura? Y sí, merece la pena, si lo que has hecho es lo que has querido hacer. Y no merece la pena, si lo que has hecho no es lo que has querido hacer. Si querías ser famoso y hacer best sellers y no te lee nadie, por ejemplo, pues has fracasado; pero, en mi caso, yo sé muy bien a quién me dirijo. Me dirijo a un público muy especial, un público que busca una novela diferente. Hay un montón de amigos míos que han dejado de leer novela porque han identificado la novela con el cuento, pero con el cuento infantiloide, con la historieta de siempre; pues yo escribo justo para esa gente que ha dejado de leer novela precisamente, decepcionados con la novela, y para los que exigen una novela más allá de la historieta autoficcionada o divertida, de siempre; pero es que estoy convencido de que hay muchos más lectores potenciales de los que parece para este tipo de apuesta literaria. El problema es, cómo llegar a ellos. Justo los lectores de Poder Popular son esos lectores potenciales.

Hablando con el editor de la Oveja Roja, me decía que las novelas no se venden, que se venden los ensayos. En mi vida de activista siempre he tenido la sensación de que las novelas aportan otros puntos de vista sobre el mundo que nos rodea, y en ese sentido resultan fundamentales desde el punto de vista político.

Es lo que te decía antes; por eso, de forma natural pero también lógica, mis novelas conectan con el ensayo. Hay un momento en que los límites entre el ensayo y el relato se rompen y en ese umbral estoy yo, creo.

Sin embargo, muchos activistas cuando van a leer una novela o a ver una película, lo que buscan es una historia, un relato que les de la razón, que les agite políticamente, o simplemente que les distraiga mediante un discurso afín.

Hay un vicio muy pernicioso entre los lectores de izquierda (que también afecta a los de derecha); que tienden a enfrentarse únicamente a relatos que confirmen su propia idea del mundo, y mi modo de escribir es incómodo también en este sentido. Pasa lo mismo con los artículos. Hace tiempo que no mando artículos ni escribo para la prensa, aunque me los piden, porque considero que es inútil, nadie hace caso, todo el mundo lee únicamente aquello que confirma su visión previa del mundo, nadie quiere aprender nada. Lo triste es que tampoco la izquierda quiere enfrentarse a aquello que no confirme sus prejuicios acerca del mundo y de lo que sucede. Por eso soy tan incómodo, porque mi objetivo es la autocrítica. A mi no me interesa hablar de la represión policial, por ejemplo, es algo evidente y más que sabido, ¿para qué está la policía?, pues para reprimir y el que no lo tenga claro a estas alturas y gaste saliva o papel en hacérnoslo saber es que no se ha enterado de cómo va la cosa; me parece una lamentable pérdida de tiempo y energía. Me parece más interesante hacerse la pregunta de Pasolini en el 68, cuando se cuestiona algo que, por lo demás, era tan evidente que pasaba desapercibido a la inteligencia de izquierda; resultaba que el policía, el que atizaba era un hijo de la clase obrera, un trabajador, y a quienes estaba reprimiendo y atizando era a un hijo de la burguesía; esa cuestión sí merecía la pena ser pensada y respondida. ¿Qué había pasado para que los hijos de los trabajadores estuviesen pegando a gente procedente de la pequeña burguesía, que además se decían de izquierdas? Por eso Pasolini me interesa más que Cohn-Bendit. Y la historia me ha dado la razón. Mira donde ha llegado Chon-Bendit y donde se quedó Pasolini. A mí me parece más interesante la pregunta de Pasolini. ¿Qué está pasando para que en las barricadas los hijos de la burguesía estén siendo represaliados por hijos de la clase trabajadora? El problema es que esa pregunta es muy incómoda o no nos interesa responderla, porque acaso nosotros, los que deberíamos responderla literariamente, no somos ni nos percibimos como clase obrera, esto es, que es una lucha de clases invertida y paradójica, o acaso no sea así, pero esas son las preguntas que me interesan, las que me cuestionan y me obligan.

Ahora la novela en la que estoy trabajando es una novela de anticipación social, es una proyección del mundo actual, pero más allá de la anécdota, siguiendo las corrientes profundas que determinan los hechos de la actualidad, los comportamientos sociales masivos. No tanto los vaivenes coyunturales, sino los grandes movimientos. Por ejemplo, la insensibilidad de las mayorías ante el hecho migratorio, tanto de derechas como de izquierdas, más allá de los discursos buenistas como el de “bienvenidos refugiados” o aviesos como el del “los españoles primero”. Porque la realidad es que tanto unos como otros, en ultima instancia, son insensibles a este hecho. Poner una pancarta en el ayuntamiento o sentirte mal cuando ves las imágenes en la televisión de un niño ahogado en una playa, si ese sentimiento no se materializa en acción y en determinación, no tiene ningún valor. Y, al final, es un tema que coyunturalmente llama nuestra atención por razones esencialmente sentimentales, pero que no determina nuestras políticas ni nuestras formas de vivir. A mí, sin embargo, lo que me interesa es novelar esa indiferencia, más allá de las palabras, mas allá de los discursos. Claro, novelar esa indiferencia que iguala a personas que se dicen de izquierdas con personas de derechas, es más complejo, más problemático y más incómodo, pero es lo que hay que hacer, alguien lo tiene que hacer. Es donde yo me siento más cómodo.

Pero eso también tiene que ver con cómo es el mundo, porque si ellos chocan contra los muros que les impiden llegar, nosotros también vivimos rodeados de muros.

Y así es, si te das cuenta, nadie hace nada por destruir esos muros, más allá de poner una pancarta en el ayuntamiento. Pero si pongo una pancarta y luego recibo al ministro del interior o al de defensa en el ayuntamiento, como si no pasara nada, ¿de qué sirve el gesto espectacular de la pancarta? Lo que tendría que hacer esa alcaldesa o ese alcalde es decir: «Mire usted, señor ministro, usted es persona non grata en este ayuntamiento y no va entrar en esta casa, mientras yo esté aquí».

Pero eso tendría consecuencias.

Por supuesto. El problema es que la escritura con consecuencias es lo mismo que la política con consecuencias, y no estamos dispuestos a hacer ni literatura con consecuencias ni política con consecuencias. Yo conozco a muchos compañeros que querrían ser escritores rojos, pero de éxito, y salir en Babelia, que les hiciesen entrevistas en El País o en la SER y todo eso. Pero o eres un escritor crítico, rojo o libertario, o sales en El País o en Babelia, las dos cosas no pueden ser; no pueden ser de verdad, claro. Si tú haces una literatura con consecuencias, no puedes pretender salir en Babelia ni en la lista de los más vendidos (aunque el sistema es tan potente en su capacidad de fagocitar disidencias y laminarlas, que lo mismo te convierte en tendencia, o como se diga, en Internet). Si tú quieres ser un alcalde de izquierdas y sigues pasándole la mano por el lomo al ministro del interior, cuando llega a tu ayuntamiento, pues lo tienes poco claro. El problema es: ¿quién quiere asumir las consecuencias? Lo normal (salvo que, por alguna razón, vendas o te necesiten y les interese convertirte en tendencia) es que, si quieres hacer una literatura con consecuencias, antagónica o contracorriente, te veas excluido del campo literario y del campo artístico oficial, esto es, del mercado. Luego hay otra cosa, los protocolos de comportamiento. En uno de los encuentros de Voces del Extremo, en Moguer, planteé una cosa que para mí es muy importante. Si nosotros, en nuestros foros, en nuestras reuniones, en nuestros espacios, asumimos los protocolos del enemigo, nos convertimos en enemigo. Si asumimos el protocolo de la fama, por ejemplo, escucho a este que es famoso, porque es famoso, y al compañero desconocido que tiene algo que decir no le hago ni caso, porque es desconocido, me estoy comportando como ellos. Es curioso el pequeño divismo cutre que se da entre nosotros, la gente que nos decimos de izquierda.

Y hablando de Voces del Extremo, en el campo de la poesía crítica, por ejemplo, existe una forma, si no de organización, sí de comunidad, pero en la novela no, los novelistas parece que están más disgregados.

Cierto. No hay un sentido de comunidad como en determinados sectores de la poesía crítica; pero sí hay amigos y amigas novelistas que echan de menos esta comunidad. El problema es que la escritura de novelas es un proceso muy diferente al de escribir poesía, compartir la poesía es mucho más fácil. Objetivamente, la creación de una comunidad de novelistas es más compleja. Por ejemplo, yo tardo mucho en escribir una novela, cinco o seis años. Hay compañeros que están en el campo de los medios dando la batalla en la novela comercial que por la propia dinámica del mercado necesitan sacar una novela cada año y medio. Son situaciones muy distintas. Tendrían que ser foros muy distintos, foros de análisis por ejemplo. Pero yo estoy convencido que los novelistas que escribimos en la misma dirección, que tenemos en común básicamente nuestra posición ante el mundo en el que vivimos, que no eludimos el conflicto básico que construye el capitalismo, aunque lo expresamos de muy distinta manera, sí podríamos formar una pequeña comunidad, más activa. Eso beneficiaría a la novela crítica y a su presencia social. Estaría muy bien también de cara a la conformación de lectores, a la difusión o a la extensión de nuestros graneros de lectores. A veces he pensado que sería bueno que lo hiciésemos, tener encuentros donde compartir ideas, discutir incluso, poner experiencias en común y presentarnos ante la sociedad y ante nuestros propios lectores como gente que intenta algo diferente, que lo consiguen, a veces, y otras no, pero que intentan algo diferente, en distintos niveles, en distintos campos, de distintas maneras. En poesía, que sí existen esos foros, te animan, te ayudan a no sentirte solo, te hacen más fuerte y te reconfortan; en la novela no lo hemos conseguido. Aunque no desespero. De hecho, como editor, en Tierradenadie Ediciones, con libros como el de David Becerra, Convocando al fantasma: novela crítica en la España actual, hemos intentado dar carta de naturaleza a la corriente de la novela crítica actual en castellano, igual que hicimos con el libro de Alberto García-Teresa, Poesía de la Conciencia Crítica (1987-2011), respecto de la poesía crítica actual, en castellano también.