Joana Bregolat | Cada día vemos en nuestras redes cientos de imágenes de cómo van avanzando los incendios en la Amazonia, cómo nubes de ceniza hacen oscurecer temprano ciudades inmensas de Brasil, y cómo miles de comunidades indígenas y campesinas ven arrasados sus pueblos, su entorno natural, sus vidas. La deforestación se acelera y el capitalismo avanza, y nosotras ardemos. 

Este año en Brasil se han declarado más de 79.000 fuegos en el conjunto del país, 72.000 de ellos en la Amazonia y, 1.103 se iniciaron entre el viernes y el sábado pasado. El gobierno de Jair Bolsonaro con sus posiciones negacionistas del cambio climático y su política anti-ambientalista han motivado la quema descontrolada de la selva amazónica. La pérdida de biodiversidad, la destrucción de la selva y la vulnerabilidad del mundo rural se han convertido en una fuente esencial de ingresos económicos para las élites del país y del capitalismo mundial. Mientras, las políticas de preservación de la Amazonia han sido erradicadas completamente, se han desarticulado espacios fundamentales como el Servicio Forestal y la Secretaría de Cambio Climático, y se han debilitado y desacreditado los órganos de fiscalización, como el Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales. Es una ofensiva de dimensiones estratosféricas donde las lógicas de crecimiento económico desigual y combinado nos sitúan una vez más en un escenario de guerra contra la vida, una vez más al borde de la catástrofe climática. 

Y en esta batalla por la vida, en primera línea se encuentran las comunidades indígenas y rurales de la Amazonia. Son trinchera, voz y práctica contra el cambio climático. Miles de ellas ocuparon las calles de Brasilia el pasado 14 de agosto en la Marcha Das Margaridas defendiendo sus formas de vida y producción resilientes; su praxis de protección, conservación y restauración del medio ambiente; y la necesidad de justícia climática de raíces populares. Ellas que han visto sus tierras arder han sido el grito de alarma ante la silenciación interesada, ellas nos advierten de los impactos internacionales de la degradación y destrucción del ecosistema amazónico. La combustión descontrolada de biomasa forestal supone la concentración de toneladas de gases efecto invernadero. Además, el cambio de uso de suelo supone que se pierdan los sumideros de CO2 naturales, es decir, no solo se emiten toneladas de gases de efecto invernadero sino que se eliminan los mecanismos que los absorben. De esta forma, el fuego aporta una pincelada de espectacularidad a un proceso de devastación que se lleva dando durante años de forma silenciosa. Las comunidades indígenas llevan años combatiendo las ofensivas contra los territorios en los que viven y que responden a los intereses de las élites económicas.

La lógica neoliberal de expropiación, explotación y extractivismo que reduce la Amazonia a un terreno en disputa entre elites gubernamentales, empresas de la agroindustria, ganadería y minería tiene choca de frente con el mundo que queremos construir. Nos hacen presente la necesidad de disputar su mundo, de impugnar sus prácticas, sus discursos y sus políticas, de tejer redes internacionalistas y solidarias en defensa de la tierra. Frente a Bolsonaro y su gobierno, nosotras estaremos con aquellas que luchan, aquellas que resisten y aquellas que se dejan la voz luchando por la selva, por Brasil y por la vida. Porque nuestra forma de vivir, nuestra forma de organizarnos, siempre será por definición anticapitalismo, internacionalismo y corazón.