Martín Lallana | El pasado mes de diciembre, durante la COP24 de Katowice, Greta Thunberg pronunció un discurso de esos que incomodan a la mayor parte de los allí presentes. Esta activista sueca de 15 años se subió a la tribuna e hizo afirmaciones como “Nuestra civilización está siendo sacrificada por la oportunidad de que un número muy pequeño de personas continúe haciendo enormes cantidades de dinero”. La cumbre del clima se cerraba con un sabor amargo y con desesperación por la continua huida hacia adelante. Un texto blando, que no atiende a las advertencias del último informe del IPCC, refuerza la incapacidad de los gobiernos para afrontar la prevención y paliación del cambio climático. “No podemos resolver una crisis sin tratarla como una crisis” expresaba Greta.

Causó sorpresa como fue una activista de quince años la que aportó la voz de la urgencia y criticó duramente el rumbo institucional. Sin embargo, estas últimas semanas hemos visto que jóvenes activistas tomando las primeras líneas de la movilización contra el cambio climático no es una excepción.

Los últimos días de noviembre y los primeros de diciembre del año pasado miles de estudiantes de escuelas australianas salieron a las calles para protestar contra la falta de medidas del gobierno para combatir el cambio climático. Jóvenes de las principales ciudades del país organizaron de forma prácticamente autónoma la plataforma “School Strike 4 Climate Action” desde la que coordinaron sus movilizaciones. Australia es una de esas regiones que tiene grandes probabilidades de sufrir eventos climáticos extremos como ciclones, sequías e inundaciones a causa del calentamiento global. Además, actualmente el grupo empresarial Adani pretende abrir una mina de carbón en Carmichael. Se trata del mayor yacimiento de carbón de Australia y uno de los más grandes a nivel mundial. Las estudiantes australianas decidieron saltarse las clases para oponerse a este tipo de proyectos que nos abalanzan hacia un futuro incierto.

Este impulso se replicó en Bélgica un mes más tarde. A comienzos de este año 2019, se iniciaba un movimiento estudiantil en la región de Flandes para exigir justicia climática. La liberal Marie-Christine Marghem, actual minisitra de Energía, Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible, votó en contra de algunos textos especialmente significativos de la COP24. Frente a esto, estudiantes de todo el país empezaron a organizarse por clases y escuelas. La primera semana hubo manifestaciones de 3000 jóvenes. La segunda ascendió a 15.000 y la pasada semana 42.000 estudiantes belgas salieron a las calles reclamando asumir la gravedad de la situación y reconducir los esfuerzos hacia una paliación efectiva del cambio climático. El domingo 27 de enero fueron 70.000 personas, no todas jóvenes, las que llenaban las calles de Bruselas.

Este tipo de acciones se están extendiendo y replicando en diferentes países. Más de 20.000 estudiantes en Suiza y acciones en 56 ciudades alemanas lo demuestran. El 15 de febrero se planea una movilización de características similares en diferentes puntos de Reino Unido.

Hasta el momento, las reivindicaciones han estado bastante centradas en empujar a los gobiernos y parlamentarios a incluir en sus agendas cuestiones climáticas. A su vez, está siendo recurrente como los representantes públicos de los países donde tienen lugar estas manifestaciones ridiculizan y mandan de vuelta a las clases a unas jóvenes activistas que ponen sobre la mesa una de las cuestiones más importantes de este siglo.

Los enormes cambios estructurales que son necesarios para afrontar adecuadamente una transición justa y aliviar las consecuencias del cambio climático requieren un tejido social concienciado y movilizado. El grito de miles de estudiantes en todo el mundo es una excelente noticia. Replicar, extender y radicalizar las reivindicaciones de estas acciones es necesario para que el movimiento sea capaz de confrontar con un sistema moribundo y violento.

Lo más seguro es que los líderes mundiales no vayan a escuchar a diez mil, cien mil o un millón de estudiantes. Y, justamente por ello, la movilización en las calles junto al debate y la autoorganización en las aulas es más imprescindible que nunca.

Como dijo Greta en el estrado de la cumbre de Katowice: “Necesitamos mantener los combustibles fósiles en el suelo y debemos centrarnos en la equidad. Y si las soluciones dentro del sistema son tan imposibles de encontrar, tal vez deberíamos cambiar el sistema en sí mismo“.

 

Martín Lallana es militante de Abrir Brecha Madrid.