Brais Fernández | Ayer se celebró en Madrid un acto entre Rufián y Emilio Delgado para hablar de la necesidad de un proyecto político unitario para la izquierda. No es mi intención hacer una crónica del acto, pero sí creo útil comentar algunos aspectos de los discursos propuestos.

Emilio Delgado se jacta de hablar claro, aunque en realidad “amaga y no da”. Durante su intervención comentó que había que hablar de barrios donde los niños no podían bajar a la plaza y que la izquierda tenía que hablar claro. Seguidamente, aclaró que debíamos disputar el concepto de seguridad a la derecha y no asociarlo simplemente a la policía, sino tener una concepción más amplia.

Es obvio que la izquierda debe tener un concepto de seguridad más amplio que el de la derecha y no asociar la seguridad solo a la policía. Es más, se trata de desligar el concepto de seguridad de la policía, vinculándolo a comunidades solidarias, organizadas y fuertes. El problema grave está en la puesta en escena, demagógica e irresponsable, que presenta como común una situación que simplemente es falsa: no existe un problema social generalizado que se exprese en que los niños no puedan bajar a la plaza a jugar. Esto es, sencillamente, un pánico moral y una mentira.

Recientemente leí, por casualidad, un libro excelente: Madrid 1983, de Arturo Lezcano. En él se relata la cara B de la Transición española y del proceso de modernización asociado a ella: problemas con la heroína, atracos, etc., muchas veces relacionados con la derrota política y la destrucción de las comunidades obreras que sostenían una convivencia basada en la lucha desde abajo. ¿Vivimos hoy en una situación similar? Es obvio que no: el Estado español es un país seguro, con bajas tasas de criminalidad, y no precisamente gracias a la policía.

Porque, más allá de estas evidencias sociológicas, resulta vergonzoso el hecho político y el cambio de marco que propone Emilio Delgado. Seamos claros: lo sorprendente es que, pese a los problemas de vivienda, de servicios públicos, de estancamiento salarial y de precariedad laboral que aplastan a las clases proletarias que viven en las ciudades, no se produzcan más actos de violencia social. Esto es lo realmente increíble: que millones de trabajadores, que viven al margen de la política oficial marcada por la agenda de las clases medias progresistas y reaccionarias, se comporten de forma extremadamente cívica; que, pese a la miseria, no se hayan envilecido, mientras los partidos y empresarios que han gestionado el capitalismo en España viven bajo el escándalo permanente de la corrupción.

Que justo cuando ha estallado el caso Epstein, que demuestra la degradación moral de las élites mundiales, o el caso Koldo-Cerdán-Ábalos (cuya responsabilidad recae sobre el principal aliado de nuestra izquierda securitaria), se dediquen a enfocar el debate en los barrios populares como nidos de violencia resulta revelador. Refleja que, pese a citar un par de veces a Gramsci en su discurso, apenas lo han comprendido. Lo que debemos alimentar, como embrión de un nuevo orden, es la capacidad de cooperación proletaria bajo la atomización capitalista. Un discurso emancipador destacaría que, pese a toda la brutalización a la que nos somete el capitalismo, nuestros barrios siguen siendo lugares agradablemente seguros para vivir y pondría el foco en los procesos de explotación y degradación que impulsa su lógica, así como en cómo los enfrentamos.

Supongo que se me dirá que no todo el mundo que vive en los barrios es gente ejemplar y que también surgen problemas de convivencia. Esta forma pueril de abordar el problema es pura demagogia que esconde una gran derrota ideológica y trata de ocultar la responsabilidad de los políticos de izquierda en el giro reaccionario. La izquierda populista, como Emilio Delgado, ha pasado de halagar melosamente al pueblo español y a las clases medias a asumir los temas de la derecha. En realidad, no es sorprendente: es producto de una concepción cortoplacista de la política, basada en llamar la atención a cualquier precio. Delgado y su grupo saben perfectamente que no saldrían en los medios hablando, por ejemplo, de la violencia empresarial. La cuestión es dónde se pone el foco, quién y cómo se señalan los problemas que tiene que abordar la clase trabajadora hoy y contra quién. Y han elegido hacerlo disputando el terreno a Vox.

Esta táctica es ruinosa, no solo por la evidencia de que solo fortalece a Vox. Trata de esconder el fracaso de toda una generación de políticos profesionales de izquierda que utilizaron el impulso transformador de las clases populares para integrarse en la clase política y emanciparse de la vida corriente de la clase trabajadora, y que ahora ven peligrar sus posiciones. No hay ningún campo de resignificación común con Vox. El bloque reaccionario cristaliza fundamentalmente por la descomposición del bloque progresista, que ha estado ocho años en el poder sin ser capaz de abordar los problemas estructurales de los trabajadores. La crisis de representación de la izquierda proviene de esa derrota, de esas promesas incumplidas y de esa ruptura del vínculo moral entre la clase política de izquierdas y la clase trabajadora. Esto no se solucionará asumiendo los marcos de la derecha. Al hacerlo, nuestros MacGyver de la izquierda solo alimentan lo que puede ser la principal fuente de conflicto en los barrios: los problemas de convivencia derivados del giro reaccionario; en concreto, si el virus del racismo llega a penetrar y cristalizar en ellos.

Para completar el tono monologista del acto, Rufián, con su habitual solemnidad impostada, exigió a la izquierda que se posicionase en contra del burka. La gente aplaudió con entusiasmo. ¿Contra quién polemizaba? No hay nadie en la izquierda a favor del burka. Quizá Rufián tendría que haber sido más valiente y menos ambiguo y haberlo dicho claramente: que la izquierda debía haber votado a favor de la propuesta de Vox de prohibirlo y, de paso, volver a invadir Afganistán para liberar a las mujeres de los talibanes. Porque de lo que se trata es de oponerse intransigentemente al planteamiento reaccionario de estas discusiones: no es el Estado, ni la extrema derecha, ni una izquierda embriagada de pánicos morales quien resolverá estos problemas de opresión. Es desde la propia comunidad musulmana, una las más oprimidas de nuestra sociedad, desde donde debe lucharse contra el burka y otros símbolos de opresión patriarcal. Supongo que nuestros aspirantes a Sahra Wagenknecht no creen eso posible. Deberían explicar por qué, si es que realmente, como insisten, no son racistas.

Como decía Norberto Bobbio, bajo el capitalismo la democracia se detiene a la puerta de los centros de trabajo; en nuestras sociedades coloniales, la libertad de las mujeres musulmanas parece terminar cuando cae el velo. Una vez sin velo (aunque también con velo, no pasa nada), ya son libres para ser explotadas en el campo o donde toque. Todo el mundo sabe que no hay un debate real sobre el burka. Lo que la derecha está haciendo es abrir la puerta al debate sobre el velo y la libertad religiosa de las personas musulmanas. Ayer la izquierda “valiente” habló del burka, pero no de la islamofobia, ni del genocidio en Palestina, ni de la complicidad del gobierno español en el comercio de armas con Israel.

No me extenderé más. Sobre la propuesta de unidad y la necesidad de otra izquierda, remito al artículo de mis compañeros, publicado en El Salto.

El enésimo giro discursivo de la izquierda oficial trata de esconder su fracaso, pero no logra ocultar su bancarrota ideológica. Que cada cual haga su balance y, sobre todo, que cada cual haga su camino.

Escrito por:

Brais Fernández
Militante de Anticapitalistas.
Comparte: